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Conocer el IslamFin del Emirato y proclamación del Califato
Mª Pilar Zaldívar (Mar 07, 2008) Conocer el Islam
Terminó el artículo anterior con la inauguración del Emirato independiente, que duró desde el año 756 hasta el 929. Durante este periodo se sucedió una serie de emires entre los que podemos destacar a Abd al-Rahman II (822-852). En su corte se vivió un refinamiento oriental que llegó de manos del famoso músico, Ziryab, quien trajo de Bagdad algunas costumbres que aún conservamos hoy en día, por ejemplo, el uso de desodorantes, perfumes y afeites o el orden en el que organizamos nuestras comidas empezando con sopas, ensaladas o verduras, siguiendo por carnes y pescados y terminando con frutas y dulces.

Durante este periodo, el Imperio Musulmán Se mantuvo unido gracias a que se reconocía la autoridad religiosa del califa de Bagdad, aunque no la política. Sin embargo, la unidad se quebró cuando los fatimíes de Egipto se proclamaron independientes de Bagdad en todos los sentidos. Ante este hecho, el emir de Córdoba, Abd al-Rahman III, no quiso ser menos y también se proclamó califa, de manera que el Imperio se resquebrajó y perdió definitivamente la unidad que ya nunca recuperaría.

De este modo, en el año 929, comenzó una nueva etapa en la historia de al-Andalus: el Califato.
El reinado de Abd al-Rahman III se caracterizó por un fuerte centralismo que trató de sofocar todas las sublevaciones que se producían en los territorios periféricos. Este califa fue conocido con el sobrenombre de “an-Nasir li-din Allah”, o sea, “aquel que hace triunfar la religión de Dios”. Fue un rey guerrero que protagonizó gran cantidad de campañas militares. Sitió Zaragoza, Pamplona, Elvira… Tales fueron sus éxitos que se convirtió en una referencia, casi un mito, al que todos los gobernantes posteriores quisieron emular.

Para poner de manifiesto su poder, construyó una ciudad áulica en las afueras de Córdoba, llamada Madinat az-Zahra (castellanizada como Medina Azahara). Su propósito era sacar de la capital la vida palaciega para poner distancia entre él y sus súbditos. Se rodeó de lujos y se ocultó al resto de los mortales desarrollando complicadísimas normas de protocolo destinadas a envolver su figura en el misterio.

Se cuenta que recibió una visita de unos embajadores europeos que quedaron deslumbrados ante su poder. Fueron conducidos por pasillos y pasadizos, se les hizo recorrer todas las estancias y, en distintos lugares del palacio, se encontraron con hombres elegantemente ataviados ante los que se arrodillaban confundiéndolos con el califa. Finalmente, fueron presentados ante un hombre de cabello claro que resultó ser an-Nasir.

El califa era rubio y de ojos azules. Su madre era una princesa navarra y tanto él como sus hijos emparentaron con princesas cristianas. La sangre Omeya se mezcló con la de los Arista, lo cual no fue sino un reflejo de lo que ocurrió en otros estratos sociales, como se verá en próximas entregas.







  
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